En Guatemala, la Reserva de la Biosfera Maya es el área protegida más grande del país y forma parte de la Selva Maya, el bosque tropical continuo más extenso de Mesoamérica, con 5.7 millones de hectáreas. Este es uno de los paisajes clave de intervención del proyecto Grandes Bosques de Mesoamérica: una iniciativa regional para el clima, la biodiversidad y las personas, financiado por la Unión Europea.
La estrategia impulsó procesos de restauración ecológica, el fortalecimiento de medios de vida sostenibles y acuerdos de conservación comunitarios, frente a amenazas como la ganadería ilegal, la usurpación de tierras, los incendios forestales y la expansión agrícola.
En 2025, los gobiernos de México, Guatemala y Belice suscribieron un acuerdo histórico mediante la Declaración de Calakmul, a través del cual se creó el Corredor Biocultural de la Gran Selva Maya, que consolida una visión trinacional que integra biodiversidad, patrimonio cultural y desarrollo sostenible. Este corredor reconoce la importancia de la Selva Maya para la estabilidad climática y la conectividad ecológica regional.
En Guatemala, este compromiso se sustenta en procesos que ya venían desarrollándose en la Reserva de la Biosfera Maya, particularmente en la Zona de Uso Múltiple, donde el trabajo articulado entre Wildlife Conservation Society (WCS), el Consejo Nacional de Áreas Protegidas (CONAP), Asociación de Comunidades Forestales de Petén (ACOFOP), Ministerio de Agricultura (MAGA), organizaciones comunitarias, y otros socios locales, ha permitido avanzar en restauración ecológica, prevención de incendios, monitoreo territorial y acuerdos de conservación comunitarios.
Entre la presión y nuevas amenazas
El análisis regional de Huella Humana, coordinado por WCS, indica que la Selva Maya fue uno de los paisajes con mayores incrementos en influencia humana durante ese periodo. La superficie clasificada como área silvestre pasó de más de 55 mil km² en 2000 a cerca de 37 mil km² en 2020, lo que representa una reducción del 33%, equivalente a más de 1.8 millones de hectáreas previamente identificadas como áreas con baja influencia humana. Este cambio refleja una intensificación en la transformación del paisaje, impulsada principalmente por la expansión ganadera y el uso recurrente del fuego para la conversión del bosque.
A estas presiones se suma la reaparición del gusano barrenador (Cochliomyia hominivorax), una amenaza sanitaria que ya ha sido detectada en fauna silvestre en lugares como el Parque Nacional Laguna del Tigre, incluyendo posibles infestaciones en tapires y pumas. La presencia de esta plaga en especies silvestres evidencia nuevos desafíos para la salud del ecosistema y refuerza la necesidad de vigilancia, coordinación interinstitucional y manejo integral del territorio.
Restauración que transforma bosques y vidas
En la Zona de Uso Múltiple (ZUM) de la Selva Maya, los esfuerzos se concentraron en restaurar áreas degradadas por la tala ilegal, la expansión agrícola y ganadera y los incendios forestales. En sectores como La Colorada, El Tanque y El Molino, el bosque fue reemplazado por pastizales invasivos para ganadería, provocando pérdida de cobertura forestal, degradación del suelo y afectaciones a la biodiversidad.
La restauración inicia con la eliminación y control del pasto invasivo —una de las etapas más exigentes— y continúa bajo un enfoque integral liderado por organizaciones comunitarias, en coordinación con el Consejo Nacional de Áreas Protegidas (CONAP) y con acompañamiento técnico de WCS.
Las acciones combinan restauración activa —mediante la siembra de especies nativas como caoba y cedro, de alto valor maderable a largo plazo; ramón y pimienta, con beneficios económicos en el mediano plazo; y cantemó, clave para la fauna— y restauración pasiva, protegiendo áreas donde el bosque puede regenerarse naturalmente bajo manejo local. Actualmente, más de 3,000 hectáreas se encuentran en proceso de restauración y, en los últimos años, más de 4,500 hectáreas han sido incorporadas a procesos de restauración con el apoyo de diversos socios locales.
El proceso genera ingresos inmediatos a través de jornales vinculados a la restauración y contribuye a la seguridad alimentaria de las familias. En aproximadamente ocho años, el ramón y la pimienta permitirán cosechas sostenibles, mientras que en un horizonte de 25 a 30 años el cedro y la caoba consolidarán un bosque productivo bajo manejo sostenible. Al mismo tiempo, especies como el cantemó fortalecen el valor ecológico del paisaje restaurado, ofreciendo condiciones para la fauna silvestre, incluyendo sitios de anidación para la guacamaya roja.
En comunidades como San Miguel La Palotada y Uaxactún, esta estrategia se complementa con cultivos de maíz, frijol y pepitoria, que mejoran la fertilidad del suelo y permiten sostener a las familias sin ampliar la frontera agrícola, vinculando producción y conservación en un mismo territorio.
Para quienes participan en el proceso, los cambios son visibles tanto en el bosque como en la comunidad. Como explica Casimiro Méndez Pantí, técnico de WCS Guatemala:
“Me siento alegre porque lo que estamos haciendo es algo bueno; sembramos arbolitos, restauramos el bosque y también generamos empleo.”
Desde la organización comunitaria, Felisa Navas, integrante de la Asociación Forestal Integral Cruce a La Colorada (AFICC), destaca:
“Vemos que es una mejora de vida para las personas de la comunidad. Cada familia que recibe su manzanita de tierra tiene el compromiso de sembrar, cuidar y darle mantenimiento.”
Viveros forestales: producción de plantas para la recuperación del paisaje
Una pieza clave de esta estrategia son los viveros establecidos en Cruce a La Colorada y San Miguel La Palotada, donde se han producido cerca de 40 mil plantas de especies como caoba, cedro, ramón y pimienta.