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Desde la Selva Maya hasta el Darién se extienden los bosques más importantes de Mesoamérica, que abarcan cerca de 127 mil km², una superficie equivalente a casi el doble del territorio de Panamá, más de dos veces la de Costa Rica y cinco veces la de El Salvador y Belice.
Son territorios que mantienen la conectividad ecológica de la región y sostienen la biodiversidad y el clima a escala continental. En estos bosques habitan algunas de las especies más emblemáticas de Mesoamérica, como el jaguar, el tapir y la guacamaya roja, cuya presencia refleja la salud de los ecosistemas. Estos paisajes también cumplen un papel fundamental en la regulación del agua, alimentando ríos, humedales y comunidades que dependen directamente de estos sistemas para su subsistencia.
Sin embargo, esta continuidad enfrenta presiones crecientes. En las últimas dos décadas, las áreas mejor conservadas dentro de estos cinco grandes bosques se redujeron en cerca de un 37%, un cambio que refleja cómo la influencia humana avanza desde los bordes hacia el interior de estos paisajes.
En algunas zonas la situación es aún más crítica. La Moskitia ha perdido cerca del 60 % de sus zonas con menor intervención humana, evidenciando la velocidad con la que avanzan dinámicas como la expansión ganadera, las quemas no controladas y la apertura de nuevas fronteras agrícolas.
Frente a este escenario, desde 2021, la Wildlife Conservation Society (WCS), junto a socios locales, organizaciones comunitarias, instituciones gubernamentales y aliados técnicos, con el apoyo de la Unión Europea, impulsó el proyecto Cinco Grandes Bosques de Mesoamérica: una iniciativa regional por el clima, la biodiversidad y las personas.
A continuación, se presentan algunos de los principales resultados de esta iniciativa: personas que restauran el bosque y producen plantas en viveros comunitarios, que recorren miles de kilómetros para patrullar e identificar amenazas, y que, desde lo cotidiano, hacen posible la conservación.
Huella humana: transformación y fragmentación de los Grandes Bosques
El análisis regional de Huella Humana, coordinado por Wildlife Conservation Society (WCS) en colaboración con socios técnicos, permite entender cómo se transforman estos paisajes y qué tan extensas se mantienen las zonas donde la cobertura forestal persiste con mínima intervención humana. Este enfoque mide la intensidad de la influencia humana —como la expansión agrícola, la ganadería, el uso del fuego o la infraestructura— y evidencia cambios que afectan la conectividad ecológica y el funcionamiento del sistema.
A escala regional, los datos muestran una tendencia clara: entre 2000 y 2020, estas áreas se redujeron de forma significativa. Este fenómeno avanza progresivamente desde los bordes, fragmentando sistemas que históricamente han funcionado de manera continua y alterando su capacidad para sostener biodiversidad y procesos ecológicos.
La intensidad de estas transformaciones varía entre regiones. La Moskitia hondureña presenta el cambio más acelerado: en dos décadas, estas zonas se redujeron en cerca de un 60%, pasando de aproximadamente 52 mil km² a poco más de 21 mil km², con una fragmentación marcada.
En la Selva Maya, particularmente en Guatemala, la reducción fue cercana al 33 %, equivalente a más de 1.8 millones de hectáreas, impulsada por la expansión ganadera, los incendios y el cambio de uso del suelo.
Belice, dentro del mismo sistema, muestra una tendencia similar, acompañada por un incremento reciente de incendios y pérdida de cobertura forestal.
Por su parte, el Darién panameño y La Amistad mantienen aún extensiones importantes con menor intervención humana. En el Darién, la reducción se estima en alrededor del 19 %, mientras que en La Amistad el cambio ha sido cercano al 9 %, aunque con señales de fragmentación en sus bordes.
En conjunto, estos resultados evidencian que, aunque estos bosques conservan áreas clave para la biodiversidad y el clima, su integridad se transforma de manera progresiva, reduciendo la conectividad entre paisajes y afectando su capacidad de sostener especies y funciones ecológicas.
Recuperar el bosque y fortalecer medios de vida
Frente a este contexto de transformación, las acciones en campo se enfocaron en recuperar la cobertura forestal y fortalecer las capacidades locales para su manejo. En la práctica, este trabajo se articuló con sistemas productivos, conocimientos locales y oportunidades económicas que permitieron a las comunidades mejorar sus condiciones de vida sin ampliar la frontera agrícola.
En la Selva Maya de Guatemala, las intervenciones se concentraron en áreas afectadas por ganadería, incendios y expansión agrícola. El trabajo incluyó el control de pastos invasivos y la siembra de especies nativas como caoba, cedro, ramón, pimienta y cantemó. Más de 3,000 hectáreas fueron incorporadas en procesos de restauración en coordinación con el Consejo Nacional de Áreas Protegidas (CONAP) y organizaciones comunitarias como la Asociación de Comunidades Forestales de Petén (ACOFOP).
Este trabajo también se complementó con sistemas productivos como el manejo de xate, una palma ornamental de valor comercial, así como con iniciativas de apicultura. A través de escuelas apícolas, familias locales fortalecieron sus capacidades en el manejo de colmenas y producción de miel, generando ingresos compatibles con la conservación.
“Vemos que es una mejora de vida para las personas de la comunidad…”, compartió Felisa Navas, integrante de la Asociación Forestal Integral Cruce a La Colorada (AFICC).
En el caso de Belice, la estrategia combinó regeneración natural asistida con intervenciones puntuales en zonas más degradadas. Más de 13 mil hectáreas mejoraron sus condiciones mediante la reducción de amenazas, permitiendo la recuperación progresiva de la vegetación y las especies asociadas. Este trabajo se desarrolló en el marco del Corredor Forestal Maya (Maya Forest Corridor), e incluye iniciativas impulsadas por la Community Baboon Sanctuary (CBS), un modelo comunitario basado en acuerdos voluntarios de conservación.
En la Moskitia hondureña, el enfoque ha sido distinto. La restauración se integra con sistemas agroforestales de cacao en comunidades indígenas Miskitas, en articulación con el Instituto de Conservación Forestal (ICF) y organizaciones locales como Bakinasta. Los viveros establecidos en Wampusirpi y Brus Laguna han permitido diversificar la producción y mantener cobertura arbórea en fincas.
Dentro de La Amistad, en Costa Rica, más de 29 mil árboles fueron incorporados en parcelas, junto con la producción de más de 70 mil plántulas. Parte de estos procesos son liderados por la Asociación de Mujeres Indígenas Bribri de Talamanca (ACOMUITA), que impulsó el manejo de semillas, cacao y sistemas productivos tradicionales.
A nivel regional, los viveros comunitarios —al menos ocho en toda la región— se consolidaron como espacios de aprendizaje, organización y generación de oportunidades locales.
Proteger el territorio: monitoreo, control y presencia
En contextos donde las amenazas continúan en aumento, mantener presencia constante ha sido clave. Los patrullajes comunitarios, el monitoreo con herramientas tecnológicas y las acciones de control permiten detectar cambios, prevenir riesgos y generar información sobre el estado del bosque y su biodiversidad.
En total, se realizaron más de 500 patrullajes, recorriendo cerca de 30 mil kilómetros en distintos puntos de la región.
En la Moskitia hondureña, equipos comunitarios recorrieron zonas remotas utilizando herramientas como SMART para registrar incidencias y documentar cambios en el paisaje.
Belice centró sus esfuerzos en el manejo del fuego, con más de 370 patrullajes y el uso de drones para la detección temprana de incendios.
En Guatemala, estas acciones incluyeron patrullajes, monitoreo y control de incendios, así como el mantenimiento de brechas cortafuego en zonas críticas.
En Costa Rica, brigadas comunitarias —con el acompañamiento de la Costa Rica Wildlife Foundation (CRWF)— utilizaron herramientas como SMART y EarthRanger para el monitoreo, el registro de biodiversidad y la coordinación con autoridades.
Finalmente, en Panamá, el trabajo en la Comarca Guna Yala se enfocó en fortalecer la gobernanza indígena y la presencia en zonas críticas. Como parte de este proceso, se instalaron cabañas de control territorial en puntos estratégicos como Cerro Banega y la ruta hacia El Llano Cartí, lo que permitió mejorar la vigilancia y la capacidad de respuesta frente a amenazas.
Ciencia y decisiones: información para orientar el desarrollo
Las acciones en el territorio también se apoyaron en estudios técnicos desarrollados junto a la Alianza Bioversity – CIAT, que permitieron identificar alternativas productivas viables según las condiciones de cada territorio.
En Guatemala, Belice y Honduras, estos análisis ayudaron a priorizar cadenas de valor vinculadas al bosque, como la miel, el cacao y otros productos forestales. En la Moskitia hondureña, por ejemplo, los estudios evidenciaron que cultivos como el frijol y el arroz se destinan principalmente al autoconsuno, con limitaciones para su comercialización.
A partir de estos hallazgos, se identificó la necesidad de fortalecer primero la seguridad alimentaria y la sostenibilidad de los sistemas productivos, como base para avanzar hacia oportunidades de mercado.
Los estudios y sus recomendaciones están disponibles para consulta y ofrecen insumos para fortalecer las decisiones en el territorio.
Un esfuerzo regional por el clima, la biodiversidad y las personas
Los resultados reflejan la diversidad de acciones que hoy impulsan la conservación en los Grandes Bosques de Mesoamérica.
Estos procesos se construyeron en la práctica diaria, a partir de la articulación entre comunidades, organizaciones locales, instituciones incluyendo autoridades ambientales y redes comunitarias— y aliados técnicos, así como del fortalecimiento de mecanismos de gobernanza para el manejo del bosque y la conectividad entre estos paisajes.
A lo largo de estos años, el trabajo en la región ha demostrado que la conservación depende de decisiones cotidianas, presencia en el terreno y esfuerzos compartidos. Al mismo tiempo, estos procesos han servido como base para nuevas iniciativas y ofrecen aprendizajes que pueden replicarse, fortaleciendo capacidades locales que darán continuidad a este trabajo en el tiempo.
Como señala Norberto Allen González desde Honduras:
“Nuestro objetivo, nuestra meta, es que algún día la Moskitia se desarrolle como se debe.”
Una aspiración que refleja el compromiso compartido de las comunidades que habitan estos bosques y que, desde distintos territorios, trabajan para protegerlos.
Para conocer más, puede consultar las historias de éxito por región: Selva Maya (Guatemala) | Selva Maya (Belice) | La Moskitia (Honduras) | La Amistad (Costa Rica) | El Darién (Panamá)