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Con el respaldo del proyecto Cinco Grandes Bosques de Mesoamérica, una iniciativa regional por el clima, la biodiversidad y las personas financiada por la Unión Europea, organizaciones comunitarias y aliadas locales impulsaron en La Amistad acciones de restauración forestal, viveros comunitarios, patrullajes de vigilancia y fortalecimiento de sistemas productivos como el cacao y el manejo de semillas nativas.
Un bosque que sigue en pie
El bosque de La Amistad forma parte de uno de los sistemas naturales más extensos y diversos de Mesoamérica. En el centro de este paisaje se encuentra el Parque Internacional La Amistad (PILA), un área protegida binacional que abarca alrededor de 400 mil hectáreas entre Costa Rica y Panamá.
En los territorios que rodean el parque viven comunidades rurales e indígenas que mantienen una relación directa con el bosque. Entre ellas se encuentran Boruca y Térraba en el sur del país, así como Salitre, Cabagra y Ujarrás, además del territorio Bribri de Talamanca y territorios Bribri y Cabécar vinculados a la Red Indígena (RIBCA).
El análisis regional de Huella Humana coordinado por Wildlife Conservation Society (WCS) confirma que La Amistad sigue siendo uno de los sistemas forestales mejor conservados de la región. A comienzos de la década del 2000, las áreas con baja influencia humana abarcaban alrededor de 22 mil km² y, para 2020, se estimaban en poco más de 20 mil km², una reducción cercana al 9 % en dos décadas. Aunque el cambio es menor que en otros grandes bosques de Mesoamérica, el análisis muestra que el paisaje hoy se organiza en dos grandes bloques principales, reflejando el avance gradual de la influencia humana en sus bordes.
Aun así, el estudio indica que la presión continúa creciendo en zonas de frontera forestal. En los análisis regionales de cambio de uso del suelo, las transformaciones están dominadas principalmente por ganadería y expansión agropecuaria, procesos que suelen implicar apertura de caminos, uso del fuego y conversión del bosque en pastizales.
Restauración forestal desde Boruca y Térraba
En los territorios indígenas de Boruca y Térraba, las iniciativas impulsadas junto a Díwö Ambiental se concentraron en restauración y fortalecimiento comunitario. En estas comunidades se establecieron tres viveros forestales, donde se produjeron más de 24 mil árboles nativos. Entre 2024 y 2025 se establecieron alrededor de 70 mil plántulas, incluyendo especies forestales nativas y plantas de cacao.
Las áreas priorizadas para restauración abarcaron más de 900 hectáreas mapeadas, de las cuales unas 400 hectáreas cuentan con planes de manejo participativo. Parte de estas acciones también busca recuperar nacientes y zonas altas de cuenca que abastecen de agua a las comunidades, un enfoque que conecta la restauración con la seguridad hídrica local. Además, se impulsó capital semilla para viveros comunitarios y emprendimientos locales.
Según explica Marlon Webb, ingeniero en gestión ambiental de Díwö Ambiental:
“Uno de los principales logros fue el fortalecimiento de los procesos de restauración con comunidades indígenas de Boruca y el apoyo puntual al proyecto REDD+. Gracias al apoyo de WCS y de la Unión Europea se generaron espacios de intercambio entre líderes y lideresas comunales que hoy continúan impulsando estos procesos.”
Restauración en paisajes productivos
La restauración también incluyó fincas y paisajes productivos. La organización Osa Conservation trabajó directamente con 49 pequeños productores en más de 250 hectáreas de paisaje agrícola, promoviendo prácticas productivas compatibles con la conservación.
En estas áreas se plantaron más de 29 mil árboles nativos, contribuyendo a recuperar la conectividad y mejorar las condiciones del suelo en zonas degradadas.
Como parte de estas experiencias se probaron métodos de restauración nuclear, una técnica que consiste en establecer pequeños núcleos de árboles dentro de áreas abiertas para acelerar la regeneración natural. Estos núcleos generan sombra, mejoran el suelo y facilitan el establecimiento de otras especies.
En cuatro parcelas experimentales de 2,500 m² se plantaron más de 600 árboles por parcela, utilizando especies como Inga ruiziana, Inga spectabilis, Inga multijuga, Inga martiana y Zygia longifolia. Muchas pertenecen al género Inga, un grupo de árboles nativos ampliamente utilizado por su rápido crecimiento y su capacidad de mejorar la fertilidad del suelo.
En conjunto, estas parcelas piloto abarcan dos hectáreas dentro del paisaje agrícola, donde se evalúa cómo estos núcleos de árboles pueden acelerar la recuperación del bosque y facilitar el retorno de la vegetación natural.
Patrullajes comunitarios y monitoreo territorial
La vigilancia comunitaria fue otro componente clave. La Costa Rica Wildlife Foundation (CRWF) trabajó en San Jerónimo, Salitre, Cabagra y Ujarrás para reforzar brigadas comunitarias de monitoreo ambiental, que realizaron más de 200 horas de patrullaje y recorrieron más de 300 kilómetros.
Para apoyar estos patrullajes se incorporaron herramientas tecnológicas como SMART y la plataforma EarthRanger, que permiten registrar amenazas, documentar biodiversidad y facilitar la coordinación con autoridades ambientales.
También se creó una brigada de rescate de fauna en San Jerónimo, además de la entrega de equipamiento especializado para monitoreo y trabajo de campo a los grupos comunitarios. Como parte de este proceso también se fortaleció el grupo de turismo sostenible Kabek, ubicado en el Cerro de la Muerte, mediante un diagnóstico participativo, herramientas de gestión y espacios de capacitación.
Según explica Jimmy Barrantes, biólogo de Costa Rica Wildlife Foundation:
“El trabajo tuvo dos enfoques principales. Por un lado, fortalecer los patrullajes comunitarios con herramientas como SMART, que permiten reportar amenazas y monitorear la vida silvestre. Y por otro, apoyar iniciativas de turismo sostenible que generan ingresos para las comunidades.”
Estas actividades se desarrollaron en coordinación con el Sistema Nacional de Áreas de Conservación (SINAC).
Producción ancestral y liderazgo de mujeres
Entre estas iniciativas también destacan procesos liderados por mujeres indígenas, enfocados en producción tradicional, rescate de semillas y sistemas agroforestales asociados al cacao.
La Asociación de Mujeres Indígenas Bribri de Talamanca (ACOMUITA) trabajó con 30 mujeres líderes del territorio Bribri, mejorando procesos de producción en 15 comunidades organizadas, con impactos indirectos en 32 más.
Se rehabilitaron 10 fincas manejadas por mujeres, se establecieron cinco áreas de reproducción de semillas bajo el sistema Teitô, y se fortalecieron cinco productoras mediante el sistema Witö.
También se apoyó la infraestructura para el procesamiento de cacao, mediante la adquisición de un molino, una refinadora y equipo especializado, ampliando la capacidad de transformación del cacao.
Como explica Tatiana Martínez Torres, integrante de ACOMUITA:
“Las comunidades ya estamos haciendo muchas cosas por el medio ambiente y la conservación. Volver al conocimiento ancestral es muy importante, porque es una forma sostenible y rentable para que los bosques sigan existiendo.”
Redes territoriales y gobernanza
En el Caribe de Costa Rica se promovió la articulación entre organizaciones indígenas a través de ADI Nairi Awari, la Asociación de Mujeres Kábata Konana y la Red Indígena Bribri y Cabécar (RIBCA), impulsando formas de gobernanza territorial basadas en el conocimiento y las prácticas tradicionales de los pueblos Bribri y Cabécar.
Las actividades se desarrollaron en cinco territorios indígenas del Caribe, donde se impulsaron cinco grupos de guardarecursos comunitarios vinculados al Parque Nacional Barbilla, un área protegida clave para la conectividad ecológica del paisaje.
Durante este proceso se realizaron seis intercambios de patrullaje entre territorios, permitiendo que guardarecursos de distintas comunidades compartieran experiencias de monitoreo y protección territorial.
Además, más de 100 familias participaron en procesos de rescate de semillas tradicionales y agricultura ancestral, impulsados principalmente por grupos de mujeres. Estas iniciativas buscan recuperar variedades utilizadas en los sistemas agroforestales indígenas del Caribe de Costa Rica, donde cultivos como el cacao conviven con frutales, plantas alimentarias y especies medicinales.
Según explica Paola Palacios, integrante de la Red Indígena:
“Como pueblos indígenas, conservar el bosque es parte de nuestra costumbre y cosmovisión. Mantener esa conexión con la naturaleza fortalece nuestra identidad y también aporta a la conservación del territorio.”
Ciencia, monitoreo y cooperación en el paisaje
La Fundación de Parques Nacionales desarrolló propuestas para mejorar el monitoreo participativo de biodiversidad y sitios culturales en el paisaje Talamanca, integrando el conocimiento local con herramientas utilizadas en la gestión de áreas protegidas.
Estas iniciativas contribuyen además a reforzar la cooperación entre Costa Rica y Panamá en la protección de las zonas fronterizas.
Por su parte, la Fundación Corcovado impulsó procesos de restauración y formación comunitaria en territorios indígenas de Salitre y Cabagra, promoviendo viveros comunitarios, reforestación local y capacitación técnica, así como el uso de herramientas tecnológicas para el monitoreo y la gestión del territorio.
El futuro de La Amistad
En La Amistad, viveros comunitarios, parcelas productivas, brigadas de monitoreo y redes territoriales muestran cómo el manejo del territorio es clave para mantener la conectividad ecológica de este paisaje compartido entre Costa Rica y Panamá.